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nydus/Don QuixotePublic
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XLI. En el que el cautivo prosigue sus aventuras

En esta suerte de lengua, digo que me preguntó qué buscaba en su jardín y de quién era. Yo le respondí que era esclavo de Arnaut Mami (porque sabía muy de cierto que era muy gran amigo suyo) y que buscaba unas hierbas para hacer ensalada. Preguntóme entonces si era de rescate o no, y cuánto pedía por mí de tasación mi amo. Estando en estas preguntas y respuestas, la hermosa Zoraida, que ya me había descubierto un buen rato antes, salió de la casa del jardín, y como las mujeres moras no son nada escrupulosas en dejarse ver de los cristianos, ni, como tengo dicho, esquivas en ninguna manera, no se le dio nada de venir adonde su padre estaba conmigo; antes bien, su padre, viéndola venir poco a poco, la llamó que se llegase. Fuera de mi poder encarecer ahora la gran hermosura, el gallardo talle, la riqueza y el adorno de mi amada Zoraida cuando se puso delante de mis ojos. Solo diré que más perlas pendían de su blanco cuello, de sus orejas y de sus cabellos que cabellos tenía en la cabeza. Traía en los tobillos, que descubiertos los tenía, como es uso, unos carcajes (que así se llaman las ajorcas o manillas en morisco) de oro purísimo, entallados con tantos diamantes, que ella me dijo después que su padre los valoraba en diez mil doBLOnes, y los que traía en las muñecas valían otros tantos. Las perlas eran muchas y muy ajunstadas, porque la mayor gala y riqueza de las mujeres moras es traer muchas perlas y aljófar; y por esta causa hay más entre ellos que en otras naciones. Y su padre de Zoraida tenía fama de poseer grandísima cantidad, y de los más finos de todo Argel, y de tener también más de doscientos mil castellanos; de todo lo cual era señora la que ahora lo es mía sola. Si con todos estos arreos pudo ser hermosa entonces, y qué debió de ser en las prosperidades, se puede colegir por la que le quedó a la dueña de tantas fatigas; porque, como es sabido, la hermosura de algunas mujeres tiene días y tiene sazones, y crécela o minála la casualidad, y naturalmente los ánimos la levantan o la abaten, aunque por la mayor parte la consumen del todo.

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