Abreviando, perdidos del todo su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitar todo aquello que él había leído que los caballeros andantes ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Ya el pobre hombre se vía coronado por el valor de su brazo, lo menos, del Imperio de Trebisonda; y así, llevado de estos tan agradables pensamientos, llevado del extrañísimo gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efecto lo que deseaba.
Lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían pertenecido a su bisabuelo, las cuales, tomadas de roña y llenas de moho, habían estado por largos siglos olvidadas en un rincón.
Las limpió y aderezó lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que el celada era simple, sin zalmedina, de moriones abiertos.
A esta falta suplió su industria, porque de cartón hizo unos rollizos de hierro que, encajados con el morion, hacían apariencia de celada entera.
Ver verdad que para probar si era fuerte y estaba al tiento de una cuchada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había tardado una semana en hacer.
No dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse deste peligro la tornó a hacer, poniéndole barras de hierro por de dentro de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y sin querer hacer nueva experiencia della, la sobreduso y tuvo por celada finísima de encaje.