amigos, aunque esté muerto.
—No vengo, Ambrosia, con ninguno de los propósitos que has nombrado —respondió Marcela—, sino a defenderme y a probar cuán sin razón son todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Crisóstomo me culpan; y por eso ruego a todos los aquí presentes que me den su atención, que no será menester gastar mucho tiempo ni muchas palabras para persuadir la verdad a los discretos.
El cielo me ha hecho, según decís vosiscéis, hermosa, y de tal manera que, a pesar vuestro, mi hermosura os mueve a amaros; y por el amor que me mostréis decís, y aun tomáis por fuerza, que estoy obligada a amaros. Por aquella inteligencia natural que Dios me ha dado, conozco que todo lo hermoso ama, pero no alcanzo que por razón de ser amado esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama; antes bien, podría ser que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo la fealdad cosa aborrecible, cae muy mal decir: «Te amo porque eres hermosa, me has de amar aunque sea feo».