siento con estas lágrimas que saltan a mis ojos a pesar de toda mi prudencia y compostura! Ese valiente capitán de quien habláis es mi hermano mayor, el cual, siendo de más animoso y altivo pensamiento que mi otro hermano o que yo, escogió el honrado y digno ejercicio de las armas, que fue uno de los tres caminos que nuestro padre nos propuso, como vuestro compañero mentó en aquella conseja que os pensasteis que os contaba. Yo seguí el de las letras, en el cual Dios y mis propias fatigas me han subido al grado en que me veis. Mi segundo hermano está en el Pirú, tan rico, que con lo que ha enviado a mi padre y a mí le ha pagado bien la parte que llevó consigo, y aun ha abastecido las manos de mi padre para usar de su natural liberalidad, y a mí me ha dado ocasión para proseguir mis estudios con más decencia y estimación, con lo que he alcanzado el ser que tengo. Mi padre vive todavía, aunque consumiéndose por tener nuevas de su hijo mayor, y pide a Dios incesantemente que la muerte no cierre sus ojos hasta ver los de su hijo; mas dello de que yo me admírome es que, teniendo tanta discreción como él tenía, hubiese tenido tanta negligencia en no dar larga de su vida, o en sus trabajos o en sus prosperidades, que si su padre o alguno de nosotros supiéramos su estado, no fuera menester aguardar a aquel milagro de la caña para cobrar su rescate; mas lo que ahora me pone en cuidado es la incertidumbre de si aquellos franceses le habrán dado libertad o le habrán muerto para ocultar el robo. Todo esto me hará continuar mi camino, no con la satisfacción con que le comencé, sino con la mayor melancolía y tristeza del mundo. ¡Oh caro hermano!, ¡si supiere agora dónde estás, que yo iría a buscarte y a sacarte de tus trabajos, a trueque de no pasarlos yo! ¡Oh, quién llevara nuevas a nuestro viejo
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XLII. Que trata de lo que más pasó en la venta, y de otras muchas cosas dignas de saberse
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