de centinela del castillo, como lo había prometido. Sucedió, pues, que un poco antes que apuntase el alba llegó a los oídos de las señoras una voz tan musical y tan dulce, que a todas las obligó a poner los oídos en atención, y especialmente a Dorotea, que estaba despierta, a cuyo lado dormía doña Clara de Viedma, que así se llamaba la hija del oidor. No sabían imaginar quién fuese el que tan dulcemente cantaba, y era sin tocar instrumento alguno. Unas veces les parecía que la voz estaba en el corral, y otras que en las caballerizas; y, estando todas suspensas, llegó a la puerta Cardenio, y dijo: —Escuchad los que no dormís, y veréis que nos encanta y entona la voz un mozo de mulas.
—Ya lo estamos escuchando, señor —dijo Dorotea; a lo cual Cardenio se fue; y Dorotea, poniéndole toda la atención, alcanzó a distinguir que las palabras de la canción eran éstas: