Todos los que conocían a Sancho Panza se asombraban de oírle hablar tan elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo sino a que los cargos y las graves ocupaciones o avispaban los ingenios de los hombres o los embotaban.
Por fin, el doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió dejarle cenar aquella noche, aunque fuese contra todos los aforismos de Hipócrates. Con esto se aquietó el gobernador, y esperó con gran ansiedad que llegase la noche y la hora de cenar; y aunque a su parecer el tiempo se paraba y no caminaba, con todo llegó la hora tan deseada, y le dieron una ensalada de salpicón de vacas con cebollas y unos muladares de ternera cocidos, y ya muy pasados.
Con esto acometió con mayor gusto que si le hubieran dado francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Morón o gansos de Lavajos; y volviéndose al doctor en la mitad de la cena, le dijo:
—Mire, señor doctor, de aquí adelante no se cure de darme a comer cosas regaladas ni manjares exquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus quicios; él está acostumbrado a cabras, a vacas, a tocino, a tasajo, a nabos y a cebollas; y si por ventura le dan estos manjares de palacio, con recelo los recibe, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala ha de hacer es traer a mis ojos lo que llaman ollas podridas (y cuanto más podridas, mejor huelen); y en ellas puede encajar y encerrar todo lo que quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día. Y no se burlue nadie de mí, que o somos o no somos; vivamos y comamos en paz y en buena compaña, que Dios amanece para todos. Yo gobernaré esta ínsula sin dejar mi derecho ni tomar cohecho; y ójo al parche, y miren por el pie, que a mí me dirán: «Debajo de mi manto, mato al santo»; y más: que a buen entendedor, pocas palabras. ¡Pues! ¡Hágase uno miel, y comérselo ha las moscas!