mitad de la carrera se suelen encomendar a sus señoras; y lo que comúnmente suele suceder del encuentro es que el uno cae por las ancas del caballo traspasado de parte a parte de la lanza de su contrario, y en cuanto al otro, no es sino hazaña que no caiga en el suelo asiéndose de las crines del caballo; mas yo no sé cómo el difunto tuvo tiempo para encomendarse a Dios en la velocidad de semejante obra; mejor fuera que aquellas palabras que gastó en encomendarse a su señora en la mitad de la carrera las hubiera empleado en su obligación y cargo de cristiano. Además, tengo para mí que todos los caballeros andantes no tienen señoras a quien encomendarse, porque no todos están enamorados.
“Eso es imposible”, dijo don Quijote: > «Digo que es imposible que haya caballero andante sin dama, porque tan propio y natural es a los tales caballero[s] estar enamorados como a los cielos tener estrellas; y bien seguro estoy que no se habrá visto historia donde se