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nydus/Don QuixotePublic
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XXXVI

Y con esto tosió y se atusó la barba con ambas manos, y estuvo muy sosegado esperando la respuesta del duque, que fue esta: > —Muchos días ha, buen escudero Trifaldin de la Barba Blanca, que tenemos noticia de la desgracia de mi señora la condesa Trifaldi, a quien los encantadores llaman la Dueña Dolorida. Decidle, ¡oh estupendo escudero!, que entre, y que el valiente caballero don Quijote de la Mancha está aquí, de cuya generosa condición puede con seguridad prometerse todo favor y ayuda; y asimismo le podéis decir que, si mi favor fuere menester, no le faltará, pues me obliga a dárselo mi calidad de caballero, a quien toca y atañe favorecer a todo género de mujeres, mayormente a las viudas, atolondradas y dolientes dueñas, cual lo debe de ser su

Al oír esto, Trifaldin dobló la rodilla en el suelo y, haciendo señal al pífano y a los tambores que tocasen, se volvió y salió del jardín al son de los mismos compases y al mismo paso que había entrado, dejándoles a todos admirados de su continente y gravedad.

Volviéndose el duque a Don Quijote, le dijo: —En fin, valeroso caballero, que las nieblas de la malicia y de la ignorancia no pueden encubrir ni escurecer la luz del valor y de la virtud. Dímelo esto porque apenas han seis días que vuestra excelencia está en este castillo, cuando ya los afligidos y desdichados vienen a buscarle de tierras apartadas y remotas, y no en carrozas, ni sobre dromedarios, sino a pie y en ayunas, confiados de que en ese valeroso brazo han de hallar el remedio de sus cuitas y trabajos, a favor de sus grandes hechos, que corren y cercan toda la redondez de la tierra.

—Desearía, señor duque —respondió don Quijote—, que aquel bendito eclesiástico que el otro día a la mesa mostró tanta ojeriza y rencor contra

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