hubiera querido buscar una, para pedir que me liberen de mi promesa. Todo lo que he dicho hasta ahora lo he expresado con el deseo de reconocer mi entera obligación hacia usted. Mi respeto por esa obligación, mi respeto por la memoria de mi padre y mi respeto por mi propia promesa me prohíben dar el ejemplo, por mi parte, de apartarme de nuestra actual posición. La ruptura de nuestro compromiso debe ser entera y exclusivamente su deseo y su acto, sir Percival, no el mío. El golpeteo inquieto de su pie cesó de golpe y se inclinó hacia delante con impaciencia sobre la mesa. —¿Mi acto? —dijo—. ¿Qué razón puede haber de mi parte para retirarme? Oí que su respiración se aceleraba; sentí que su mano se iba enfriando. A pesar de lo que me había dicho cuando estábamos solas, empecé a tenerle miedo. Me equivoqué. —Una razón que es muy difícil de decirle —respondió ella—. Hay un cambio en mí, sir Percival, un cambio lo suficientemente grave como para justificar que usted, ante sí mismo y ante mí, rompa nuestro compromiso. Su rostro se puso tan pálido de nuevo que incluso sus labios perdieron el color. Levantó el brazo que reposaba sobre la mesa, se apartó un poco en la silla y apoyó la cabeza en la mano, de modo que solo nos ofrecía su perfil. —¿Qué cambio? —preguntó. El tono con el que formuló la pregunta me hirió; había algo dolorosamente reprimido en él.
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario
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