21.—¿Me habrán quebrantado un poco, al fin, las zozobras de estos tiempos tan ansiosos? He estado escribiendo, durante estos últimos días, con un tono de ligereza que, Dios sabe, está bien lejos de mi corazón, y que me ha sobresaltado bastante al mirar atrás y leer las anotaciones en mi diario. Quizás haya contraído la fiebre y la excitación del ánimo de Laura durante esta última semana. Si es así, el arrebato ya se me ha pasado y me ha dejado en un estado mental muy extraño. Una idea persistente se me ha estado imponiendo desde anoche: que aún ha de suceder algo para impedir la boda. ¿Qué ha producido este singular capricho? ¿Es el resultado indirecto de mis temores por el futuro de Laura? ¿O acaso me lo ha sugerido inconscientemente la creciente inquietud e irritabilidad que ciertamente he observado en los modales de Sir Percival a medida que se acerca el día de la boda? Imposible saberlo. Sé que tengo esta idea—sin duda, ¿la más disparatada que jamás haya cruzado por la cabeza de una mujer dadas las circunstancias?—, pero por más que lo intento, no logro rastrear su origen. Este último día ha sido pura confusión y desdicha. ¿Cómo puedo escribir al respecto?—y, sin embargo, debo escribir. Cualquier cosa es mejor que cavilar sobre mis propios pensamientos sombríos. La amable señora Vesey, a quien todos hemos descuidado y olvidado demasiado en los últimos tiempos, nos causó inocentemente un triste comienzo de mañana. Lleva meses haciendo en secreto un cálido chal de Shetland para su querida alumna—una labor bellísima y sorprendente para una mujer de su edad y con sus costumbres. El regalo se entregó esta mañana, y la pobre y afectuosa Laura se desmoronó por completo
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario
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