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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. Blackwater Park, Hampshire.

intereses y diversiones tan infantiles como estos, ese inglés sin duda se sentiría bastante avergonzado de ellos y se an-siaría por disculparse en compañía de personas adultas. Pero el conde, al parecer, no ve nada ridículo en el asombroso contraste entre su colosal persona y sus frágiles mascotas. Besaría plácidamente a sus ratones blancos y gorjearía con sus canarios en medio de una asamblea de cazadores de zorros ingleses, y solo se compadecería de ellos por bárbaros cuando estuvieran riéndose a carcajadas a su costa. > > Cuesta creerlo mientras lo escribo, pero es indudablemente cierto que este mismo hombre, que tiene toda la sensiblería de una solterona por su cacatúa y todas las destrezas de organillero al manejar sus ratones blancos, es capaz de hablar, cuando algo le incita a ello, con una audaz independencia de pensamiento, un conocimiento de libros en cualquier idioma y una experiencia de la sociedad en la mitad de las capitales de Europa que lo harían destacar en cualquier asamblea del mundo civilizado. Este domador de canarios, este arquitecto de una pagoda para ratones blancos, es (según me ha dicho el propio Sir Percival) uno de los primeros químicos experimentales vivientes, y ha descubierto, entre otros maravillosos inventos, un medio para petrificar el cuerpo tras la muerte, a fin de conservarlo, tan duro como el mármol, hasta el fin de los tiempos. Este hombre gordo, indolente y maduro, cuyos nervios están tan finamente templados que se sobresalta ante ruidos fortuitos y se encoge al ver que zurran a un spaniel de la casa, fue al patio de las caballerizas la mañana después de

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