Regresé por la noche. Cinco días después, el médico declaró que nuestra interesante Marian estaba fuera de todo peligro y que no necesitaba más que un cuidado esmerado. Este era el momento que había estado esperando. Ahora que la asistencia médica ya no era indispensable, di el primer paso en el juego imponiéndome al doctor. Él era uno entre muchos testigos en mi camino a los que era necesario eliminar. Una animada discusión entre nosotros (en la cual Percival, instruido previamente por mí, se negó a intervenir) sirvió al propósito previsto. Caí sobre el desgraciado hombre en una avalancha irresistible de indignación y lo barrí de la casa.
Los criados fueron los siguientes estorbos de los que había que deshacerse. De nuevo di instrucciones a Percival (cuyo valor moral exigía estimulantes perpetuos), y la señora Michelson se quedó asombrada un día al oír de labios de su amo que se iba a disolver el servicio doméstico. Vaciamos la casa de todos los sirvientes, excepto de uno, al que retuvimos para las labores del hogar y en cuya pesada estupidez podíamos confiar para que no hiciera ningún descubrimiento embarazoso. Cuando se fueron, ya no quedaba más que librarnos de la señora Michelson, un resultado que se logró fácilmente enviando a esta amable señora a buscar alojamiento para su ama junto al mar.
Las circunstancias eran ahora exactamente las que debían ser. Lady Glyde estaba confinada en su habitación a causa de una enfermedad nerviosa, y la criada burda (olvido su nombre) se hallaba encerrada allí por la noche para atender a su señora. Marian, aunque se recuperaba rápidamente, seguía en cama, con la señora Rubelle como enfermera. Ninguna otra criatura viviente aparte de mi esposa, yo mismo y Percival se encontraba en la casa. Con todas las probabilidades a nuestro favor así, hice frente a la siguiente emergencia y jugué el segundo movimiento de la partida.
El objeto de la segunda jugada era inducir a Lady Glyde a marchar de Blackwater sin la compañía de su hermana. A menos que pudiéramos