día, resolví limitarme a presentarme allí, a disculparme y a retirarme a dormir una hora antes de lo habitual. > Sir Percival, el conde y su esposa estaban sentados juntos. Sir Percival bostezaba en un sillón orejero, el conde leía, Madame Fosco se abanicaba. Por extraño que parezca, su rostro estaba enrojecido ahora. Ella, que nunca sufría por el calor, estaba sufriendo indudablemente por él aquella noche. > —Me temo, condesa, que no se encuentra tan bien como de costumbre —le dije. > —Justo la observación que iba a hacerle a usted —respondió—. Tiene usted aspecto pálido, querida mía. > ¡Querida mía! ¡Era la primera vez que se dirigía a mí con esa familiaridad! Había además una sonrisa insolente en su rostro cuando pronunció las palabras. > —Sufro uno de mis fuertes dolores de cabeza —repliqué con frialdad. > —¿Ah, de veras? ¿Falta de ejercicio, supongo? Un paseo antes de cenar le habría venido como anillo al dedo. > Aludió al «paseo» con un extraño énfasis. ¿Me habría visto salir? No importaba si lo había hecho. Las cartas estaban a salvo ya en manos de Fanny. > —Ven a fumar un cigarro, Fosco —dijo Sir Percival, levantándose con otra mirada de inquietud hacia su
IX
19 de junio.—Una vez a salvo y con la puerta cerrada en mi propia habitación, abrí estas páginas y me dispuse a continuar con aquella parte del registro del día que aún quedaba por redactar. Durante diez minutos o más estuve sentada sin hacer nada, con la pluma en la mano, dándole vueltas a los acontecimientos de las últimas doce horas. Cuando al