nuevo mundo de aventuras y peligros son conocidos. De aquel destierro autoinpuesto regresé, como había esperado, rezado y creído que regresaría: convertido en otro hombre. En las aguas de una vida nueva había templado de nuevo mi naturaleza. En la severa escuela del extremo y el peligro mi voluntad había aprendido a ser fuerte, mi corazón a ser resuelto, mi mente a confiar en sí misma. Me había marchado para huir de mi propio futuro. Volví para enfrentarme a él, como debe hacerlo un hombre.
Para afrontarlo con esa inevitable supresión de mí mismo que sabía que me exigiría. Me había desprendido de la peor amargura del pasado, pero no del recuerdo que guardaba mi corazón de la pena y la ternura de aquel tiempo memorable. No había dejado de sentir la única decepción irreparable de mi vida; solo había aprendido a soportarla. Laura Fairlie ocupaba todos mis pensamientos cuando el barco me alejó y me despedí de Inglaterra. Laura Fairlie ocupaba todos mis pensamientos cuando el barco me trajo de vuelta y la luz de la mañana dejó a la vista la costa amiga.
Mi pluma sigue las viejas letras mientras mi corazón regresa al viejo amor. Escribo sobre ella todavía como Laura Fairlie. Es difícil pensar en ella, es difícil hablar de ella, con el apellido de su marido.
No hay más palabras de explicación que añadir sobre mi aparición por segunda vez en estas páginas. Este relato, si tengo la fuerza y el valor para escribirlo, puede continuar ahora.
Mis primeras inquietudes y mis primeras esperanzas al llegar la mañana se centraban en mi madre y mi hermana. Sentía la necesidad de prepararlas para la alegría y la sorpresa de mi regreso, tras una ausencia durante la cual les había sido imposible recibir noticias mías en los últimos meses. Temprano por la mañana envié una carta a la Cabaña de Hampstead y fui tras ella una hora después.