así sea. Diciendo esto me levanté de nuevo, y otra vez Laura intentó hacerme retomar el asiento. —No me dejes —dijo inquieta—. Mi escritorio está en esa mesa. Puedes escribir aquí. Me costaba horrores rechazarla, incluso por su propio interés. Pero ya habíamos estado demasiado tiempo encerradas a solas. Nuestra posibilidad de volver a vernos podía depender enteramente de no despertar nuevas sospechas. Era el momento oportuno de dejarme ver, con tranquilidad y naturalidad, entre los miserables que en ese mismo momento estaban quizá pensando en nosotras y hablando de nosotras abajo. Le expliqué la mísera necesidad a Laura y la convencí de que lo viera como yo. —Volveré en seguida, mi amor, en menos de una hora —dije—. Lo peor ha pasado por hoy. Quédate tranquila y no temas nada. —¿Está la llave en la puerta, Marian? ¿Puedo echarla por dentro? —Sí, aquí está la llave. Cierra la puerta y no se la abras a nadie hasta que suba de nuevo. La besé y la dejé. Fue un alivio para mí, mientras me alejaba, oír girar la llave en la cerradura y saber que la puerta dependía de su propia voluntad.
VIII
19 de junio.—Apenas había llegado a lo alto de la escalera cuando el cerrojo de la puerta de Laura me sugirió la precaución de cerrar también con llave la mía, y de llevar la llave bien segura conmigo mientras estuviera fuera de la habitación. Mi diario ya estaba a buen recaudo junto con otros papeles en el cajón de la mesa, pero mis materiales de escritura se habían quedado fuera. Entre ellos había un sello