y yo—así como de la maravillosa precisión de su informe sobre toda la conversación, desde el principio hasta el final. Esos sentimientos me han inducido a ofrecer al insensible médico que la atiende mis vastos conocimientos de química y mi luminosa experiencia sobre los recursos más sutiles que la ciencia médica y la magnética han puesto a disposición de la humanidad. Hasta ahora ha declinado servirse de mi ayuda. ¡Miserable hombre! Finalmente, esos sentimientos dictan las líneas—líneas agradecidas, simpáticas, paternales— que aparecen en este lugar. Cierro el libro. Mi estricto sentido del decoro lo devuelve (por mediación de mi esposa) a su sitio en el escritorio de la escritora. Los acontecimientos me arrastran. Las circunstancias me guían hacia asuntos graves. Vastas perspectivas de éxito se desenrollan ante mis ojos. Cumplo mi destino con una calma que me resulta terrible a mí mismo. Nada me pertenece, salvo el homenaje de mi admiración. Lo deposito con respetuosa ternura a los pies de la señorita Halcombe. Exhalo mis deseos por su recuperación. Me conduele el inevitable fracaso de todo plan que haya urdido en beneficio de su hermana. Al mismo tiempo, le ruego que crea que la información que he extraído de su diario no contribuirá en modo alguno a precipitar dicho fracaso. Se limita a confirmar el plan de conducta que yo ya tenía trazado. Tengo que agradecer a estas páginas el haber despertado las más finas sensibilidades de mi naturaleza—nada más. Para una persona de semejante sensibilidad, esta simple afirmación lo explicará y disculpará todo. La señorita Halcombe es una persona de semejante sensibilidad. En esa convicción me firmo,
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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