al perro en el suelo, se sobresaltó y mudó de color. —¡Válgame el Señor! —exclamó el ama de llaves—. ¡Ese debe de ser el perro de la señora Catherick! —¿De quién? —pregunté sumamente asombrada. —De la señora Catherick. ¿Acaso conoce usted a la señora Catherick, señorita Halcombe? —Personalmente no, pero he oído hablar de ella. ¿Vive aquí? ¿Ha tenido noticias de su hija? —No, señorita Halcombe, vino a preguntar si había noticias. —¿Cuándo? —Ayer mismo. Dijo que alguien había informado de que se había visto en nuestros alrededores a una desconocida cuya descripción coincidía con la de su hija. Ningún informe semejante nos ha llegado aquí ni se conocía en el pueblo cuando mandé a hacer indagaciones por cuenta de la señora Catherick. Se trajo sin duda a este pobrecito perro cuando vino, y lo vi salir trotando detrás de ella cuando se marchó. Supongo que la criatura se extravió por los pinares y le dieron un tiro. ¿Dónde lo encontró, señorita Halcombe? —En el viejo cobertizo que da al lago. —Ah, sí, ese es el lado del pinar, y el pobrecito se arrastró, supongo, hasta el primer refugio que halló, como hacen los perros, para morir. Si puede humedecerle los labios con la leche, señorita Halcombe, yo le lavaré el pelo apelmazado de la herida. Me temo muchísimo que sea demasiado tarde para hacer nada. No obstante, por probar que no quede. ¡La señora Catherick! El nombre seguía resonando en mis oídos como si el ama de llaves acabara de sorprenderme al pronunciarlo en ese mismo instante. Mientras atendíamos al perro, acudieron a mi memoria las palabras
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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