un breve retraso, hizo la única pregunta importante para cuya resolución se había mandado a buscar al médico de Londres.
—¿Cuál es su opinión sobre la fiebre? —inquirió.
“Tifus,” respondió el médico. “Fiebre tifoidea sin género de duda.”
Aquella silenciosa persona extranjera, la señora Rubelle, cruzó sus delgadas manos morenas frente a ella y me miró con una sonrisa muy significativa. El propio Conde difícilmente podría haberse mostrado más complacido de haber estado presente en la habitación y de haber escuchado la confirmación de su propia opinión.
Después de darnos algunas instrucciones útiles sobre el cuidado del paciente, y de mencionar que volvería dentro de cinco días, el médico se retiró para deliberar en privado con el señor Dawson. No quiso dar ninguna opinión sobre las posibilidades de recuperación de la señorita Halcombe; dijo que era imposible en esa etapa de la enfermedad pronunciarse en un sentido o en otro.
Los cinco días transcurrieron con ansiedad.
La condesa Fosco y yo nos turnábamos para relevar a la señora Rubelle, ya que el estado de la señorita Halcombe empeoraba cada vez más y exigía de nosotros el máximo cuidado y atención. Fue una época terriblemente dura. Lady Glyde (sostenida, como decía el señor Dawson, por la constante tensión que le producía la incertidumbre por su hermana) se recuperó de la manera más extraordinaria y mostró una firmeza y una determinación por las que yo misma nunca la habría creído capaz. Insistía en entrar en el dormitorio de los enfermos dos o tres veces al día para ver a la señorita Halcombe con sus propios ojos, prometiendo no acercarse demasiado a la cama si el doctor accedía a sus deseos hasta ese punto. El señor Dawson hizo muy de mala gana la concesión que se le