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nydus/The Woman in WhitePublic
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La continuación de la historia por Walter Hartright

sordo y ronco de unas voces de hombres hablando. No había estado sola mucho tiempo cuando el Conde regresó para explicar que la señorita Halcombe estaba descansando en ese momento y no podía ser molestada por un rato. Le acompañaba en la habitación un caballero (un inglés), al que rogó presentar como amigo suyo.

Después de aquella singular presentación⁠—en el transcurso de la cual, que recuerde lady Glyde, no se había mencionado ningún nombre⁠—, se quedó a solas con el desconocido. Él fue perfectamente educado, pero la alarmó y confundió con algunas preguntas extrañas sobre sí misma y mirándola, mientras se las hacía, de un modo raro. Tras permanecer poco tiempo, salió y, uno o dos minutos después, entró un segundo desconocido⁠—también inglés⁠—. Esta persona se presentó como otro amigo del conde Fosco y él, a su vez, la miró de un modo muy raro y le hizo algunas preguntas curiosas⁠—sin dirigirse jamás a ella por su nombre, según buenamente pudo recordar⁠—, y salió al poco rato, como el primer hombre. Llegados a este punto, tenía tanto miedo por ella misma y tanta inquietud por su hermana, que pensó en atreverse a bajar de nuevo para reclamar la protección y la ayuda de la única mujer que había visto en la casa: la criada que le había abierto la puerta.

Justo cuando se había levantado de su silla, el conde volvió a entrar en la habitación.

En el momento en que él apareció, ella preguntó con ansiedad cuánto iba a retrasarse todavía la reunión entre su hermana y ella misma. Al principio él dio una respuesta evasiva, pero, ante la insistencia, reconoció, con aparente gran reticencia, que la señorita Halcombe no estaba en absoluto tan bien como él la había representado hasta entonces. Su tono y sus maneras al dar esta respuesta alarmaron tanto a Lady Glyde —o más bien aumentaron de un modo tan doloroso la inquietud que

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