mensajero de Londres, o que baje discretamente y esté al acecho fuera de la verja de la entrada. > > Mis sospechas hacia todos y hacia todo en esta casa me inclinan a pensar que el segundo plan puede ser el mejor. El Conde está a salvo en el salón del desayuno. Le oí, a través de la puerta, mientras subía corriendo las escaleras hace diez minutos, enseñando trucos a sus canarios:—«¡Salid a mi dedito, mis pre-pre-preciosos! ¡Salid y saltad arriba! ¡Un, dos, tres—y arriba! ¡Tres, dos, uno—y abajo! ¡Un, dos, tres—pío-pío-pío-píu!». Los pájaros estallaron en su éxtasis habitual de canto, y el Conde les devolvió el trino y los silbidos como si fuera un pájaro él mismo. La puerta de mi habitación está abierta y puedo oír el agudo canto y los silbidos en este mismo momento. Si de verdad he
Las cuatro. Las tres horas transcurridas desde mi última anotación han dado un giro total al curso de los acontecimientos en Blackwater Park. Para bien o para mal, no puedo ni me atrevo a decidirlo. Déjenme volver primero al punto en el que lo dejé, o me perderé en la confusión de mis propios pensamientos. Salí, tal como había propuesto, al encuentro del mensajero con mi carta de Londres en la puerta de la caseta del guarda. En las escaleras no vi a nadie. En el vestíbulo oí al conde todavía ejercitando a sus pájaros. Pero al cruzar el patio interior, me crucé con madame Fosco, que paseaba sola en su círculo favorito, dando vueltas y vueltas alrededor del gran estanque de los peces. De inmediato