en toda tu vida. —Es fácil tomarlo todo a risa —dijo Laura con resolución—; pero no le será tan fácil, conde Fosco, darme un ejemplo de un hombre sabio que haya sido un gran criminal. El conde se encogió de hombros de forma descomunal y sonrió a Laura de la manera más amistosa. —¡Muy cierto! —dijo—. El crimen del tonto es el crimen que se descubre, y el crimen del hombre sabio es el crimen que no se descubre. Si pudiera darle un ejemplo, no sería el ejemplo de un hombre sabio. Querida Lady Glyde, su sensato sentido común inglés me ha superado. ¿Es jaque mate para mí esta vez, señorita Halcombe —eh? —Mantén tu postura, Laura —espetó Sir Percival, que había estado escuchando desde su sitio en la puerta—. Dígale también que los crímenes provocan su propio descubrimiento. Ahí tiene otra migaja de moralidad de cuaderno de caligrafía para usted, Fosco. Los crímenes provocan su propio descubrimiento. ¡Qué maldita patraña! —Creo que es verdad —dijo Laura en voz baja. Sir Percival se echó a reír con tanta fuerza, de forma tan escandalosa, que nos sobresaltó a todos, al conde más que a nadie. —Yo también lo creo —dije, acudiendo en rescate de Laura. Sir Percival, que se había mostrado inexplicablemente divertido por el comentario de su esposa, se sintió igual de inexplicablemente irritado por el mío. Golpeó el nuevo bastón con fiereza contra la arena y se alejó de nosotros. —¡Pobre y querido Percival! —exclamó el conde Fosco, mirándolo marcharse con alegría—. ¡Es víctima de la melancolía inglesa! Pero, mi querida señorita Halcombe, mi querida Lady Glyde,
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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