Me arrodillé junto a la tumba. Puse mis manos, apoyé mi cabeza sobre la ancha piedra blanca, y cerré mis cansados ojos a la tierra de alrededor, a la luz de arriba. La dejé volver a mí. ¡Oh, amor mío! ¡amor mío! ¡mi corazón puede hablaros ahora! Es de nuevo ayer desde que nos separamos—ayer, desde que vuestra querida mano reposó en la mía—ayer, desde que mis ojos os miraron por última vez. ¡Amor mío! ¡amor mío!
El tiempo había transcurrido, y el silencio había caído como una noche espesa sobre su curso.
El primer sonido que siguió a la paz celestial crujió tenuemente como un soplo de aire pasajero sobre la hierba del camposanto. Lo oí acercarse a mí lentamente, hasta que llegó cambiado a mi oído —llegó como pasos que avanzaban—, y luego se detuvo.
Alcé la vista.
El atardecer se acercaba. Las nubes se habían abierto; la luz inclinada caía suave sobre las colinas. Lo último del día era frío, claro y quieto en el tranquilo valle de los muertos.
Más allá de mí, en el cementerio, de pie juntas en la fría claridad de la luz baja, vi a dos mujeres. Estaban mirando hacia la tumba, mirando hacia mí.
Dos.
Avanzaron un poco más y volvieron a detenerse. Llevaban los velos bajados, ocultándome el rostro. Al pararse, una de ellas se levantó el velo. Con la luz tranquila del atardecer vi el rostro de Marian Halcombe.
¡Cambiada, cambiada como si los años hubiesen pasado por ella! Los ojos grandes y desorbitados, mirándome con un terror extraño en ellos.