cabo de diez minutos. Me sentí muy tentada de acompañarla. Pero si ambas hubiéramos salido juntas habríamos despertado sospechas y, lo que era peor aún, si le permitíamos a Anne Catherick ver a Laura acompañada de una segunda persona que le era una completa desconocida, habríamos perdido con toda probabilidad su confianza desde ese momento, para no recuperarla jamás. Esperé, por lo tanto, tan pacientemente como pude, hasta que el sirviente entró a recoger la mesa. Cuando salí de la habitación, no había indicios, ni dentro ni fuera de la casa, del regreso de Sir Percival. Dejé al Conde con un terrón de azúcar entre los labios y la cacatúa malvada trepando por su chaleco para alcanzarlo, mientras Madame Fosco, sentada frente a su marido, observaba los movimientos del pájaro y de él con tanta atención como si jamás hubiera visto nada semejante en su vida. De camino a la plantación me mantuve cuidadosamente fuera del campo de visión de la ventana del comedor. Nadie me vio y nadie me siguió. En mi reloj eran entonces las tres menos cuarto. Una vez entre los árboles, caminé rápidamente hasta adentrarme más de la mitad de la plantación. En ese punto reduje el paso y avancé con cautela, pero no vi a nadie ni oí voces. Poco a poco alcancé a ver la parte trasera del cobertizo de los botes; me detuve y escuché, y luego seguí adelante hasta quedar justo detrás de él, donde habría tenido que oír a cualquier persona que hablara en el interior. El silencio seguía sin romperse; ni lejos ni cerca aparecía señal alguna de
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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