Central, ni de la bulliciosa explosión de alegría con que me recibió cuando volvimos a encontrarnos en Londres. Si me hubiera sentido justificado al aceptar los ofrecimientos de ayuda que me hizo a mi regreso, habría aparecido de nuevo mucho antes de esto. Pero, aunque sabía que podía confiarse ciegamente en su honor y en su valor, no estaba tan seguro de que se pudiera confiar en su discreción, y, solo por esa razón, seguí el curso de todas mis investigaciones a solas. Ahora se comprenderá lo suficientemente que Pesca no estaba desvinculado de mí ni de mis intereses, aunque hasta ahora haya estado apartado de cualquier relación con el avance de este relato. Era un amigo tan leal y dispuesto para conmigo como lo había sido jamás en toda su vida.
Antes de recurrir a Pesca en busca de ayuda, era necesario que viera por mí mismo con qué clase de hombre tenía que habérmelas. Hasta ese momento no había puesto los ojos en el conde Fosco ni una sola vez.
Tres días después de mi regreso con Laura y Marian a Londres, partí solo hacia Forest Road, en St. John’s Wood, entre las diez y las once de la mañana. Era un día apacible —tenía algunas horas libres— y pensé que era probable, si le esperaba un poco, que el Conde se sintiera tentado a salir. No tenía grandes motivos para temer la probabilidad de que me reconociera a la luz del día, pues la única ocasión en que él me había visto fue aquella en que me había seguido a casa por la noche.
Nadie apareció en las ventanas de la fachada de la casa. Caminé por un callejón que pasaba junto a uno de sus laterales y miré por encima del bajo muro del jardín. Una de las ventanas traseras de la planta baja estaba abierta de par en par y había una red colocada de lado a lado de la abertura. No vi a nadie, pero oí en el interior de la habitación, primero, un silbido estridente y el canto