Vi cómo el fuego era conquistado lentamente. La intensidad del fulgor desvaneció—el vapor se elevó en nubes blancas y los montones de ascuas humeantes se veían rojos y negros a través de él sobre el suelo. Hubo una pausa—luego un avance conjunto de los bomberos y la policía que bloqueó la puerta—después una consulta en voz baja—y entonces dos hombres se apartaron del resto y fueron enviados fuera del camposidio a través de la multitud. La multitud se retiró a ambos lados en un silencio sepulcral para dejarlos pasar.
Al poco tiempo un gran estremecimiento recorrió a la gente, y el pasillo humano se fue abriendo lentamente.
Los hombres regresaron por él con una puerta de una de las casas vacías. La llevaron a la sacristía y entraron.
La policía volvió a cerrar el círculo en torno a la puerta, y los hombres se fueron desprendiendo de entre la multitud de dos en dos y de tres en tres para situarse detrás de ellos y ser los primeros en ver. Otros esperaban cerca para ser los primeros en oír. Mujeres y niños se encontraban entre estos últimos.
Las nuevas de la sacristía empezaron a filtrarse entre la multitud; corrían lentamente de boca en boca hasta llegar al lugar donde yo estaba. Oí las preguntas y respuestas repetidas una y otra vez en tonos bajos y ávidos a mi alrededor.
—¿Lo han encontrado? —Sí. —¿Dónde? —Contra la puerta, boca abajo. —¿Qué puerta? —La puerta que da a la iglesia. Tenía la cabeza contra ella; estaba boca abajo. —¿Tiene la cara quemada? —No. —Sí, la tiene. —No, chamuscada, no quemada; estaba boca abajo, te digo. —¿Quién era? Un lord, dicen. —No, un lord no. Sir No-sé-qué; Sir significa caballero. —Y baronet, también. —No. —Sí, sí que lo significa. —¿Qué quería ahí dentro? —Nada bueno, puedes estar seguro. —¿Lo hizo a propósito? —¡Quemarse a propósito! —No me refiero a él mismo,