Diciembre 29.—Los preparativos para la boda han comenzado. La modista ha venido a recibir sus órdenes. Laura se muestra perfectamente impasible, totalmente indiferente ante el asunto en el que, de todos cuantos existen, los intereses personales de una mujer están más íntimamente ligados. Se lo ha dejado todo a la modista y a mí. Si el pobre Hartright hubiera sido el baronet y el esposo elegido por su padre, ¡cuán de otro modo se habría comportado! ¡Cuán ansiosa y caprichosa habría sido, y qué ardua tarea le habría resultado a la mejor de las modistas complacerla!
30.º—Tenemos noticias de Sir Percival todos los días. Las últimas novedades son que las reformas de su casa llevarán de cuatro a seis meses antes de poder terminarse debidamente. Si los pintores, los empapeladores y los tapiceros pudieran crear felicidad además de esplendor, me interesarían sus avances en el futuro hogar de Laura. Tal como están las cosas, la única parte de la última carta de Sir Percival que no me deja tal como me encontró, perfectamente indiferente a todos sus planes y proyectos, es la que se refiere al viaje de bodas. Propone, dado que Laura es delicada y que el invierno amenaza con ser inusualmente riguroso, llevarla a Roma y quedarse en Italia hasta principios del próximo verano. Si este plan no fuera aprobado, está igualmente dispuesto, a pesar de no tener residencia propia en la capital, a pasar la temporada en Londres, en la casa amueblada más adecuada que se pueda conseguir para tal fin. > Dejando a mí misma y a mis propios sentimientos totalmente de fuera (lo cual es mi deber hacer, y lo he hecho), yo, por mi parte, no tengo ninguna duda