Mientras hablaba, se acercó a una mesita auxiliar junto a la ventana, sobre la cual estaban sus materiales de dibujo, los reunió con cuidado y los guardó en un cajón de su escritorio. Cerró el cajón con llave y me trajo la llave. —Tengo que separarme de todo lo que me recuerde a él —dijo—. Guarda la llave donde quieras; no volveré a necesitarla nunca. Antes de que pudiera decir una palabra, ella se había girado hacia su librería y había sacado de ella el álbum que contenía los dibujos de Walter Hartright. Dudó un momento, sosteniendo con cariño el pequeño volumen entre las manos, para luego alzarlo hacia sus labios y besarlo. —¡Oh, Laura! ¡Laura! —dije, sin enojo, sin reproche; con nada más que tristeza en la voz y nada más que dolor en el corazón. —Es la última vez, Marian —suplicó—. Me estoy despidiendo para siempre. Dejó el libro sobre la mesa y se quitó la peineta que sujetaba su cabello. Este cayó, con su belleza inigualable, sobre su espalda y hombros, extendiéndose mucho más abajo de su cintura. Separó un mechón largo y fino del resto, lo cortó y lo fijó con cuidado, en forma de círculo, en la primera página en blanco del álbum. Tan pronto como quedó sujeto, cerró el volumen apresuradamente y lo puso en mis manos. —Tú le escribes y él te escribe a ti —dijo—. Mientras yo viva, si pregunta por mí, dile siempre que estoy bien y no
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario
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