Entre tanto, usted también la ha reconocido, pero no es un pariente —ni siquiera es un viejo amigo de la familia—. Los criados lo contradicen a usted, y el señor Fairlie contradice a la señorita Halcombe, y la supuesta lady Glyde se contradice a sí misma. Ella declara que pasó la noche en Londres en una determinada casa. Su propio testimonio demuestra que jamás ha estado cerca de esa casa, y su propia admisión es que su estado mental le impide presentarla en parte alguna para someterse a una investigación y hablar por sí misma. Paso por alto los puntos menores de las pruebas de ambas partes para ahorrar tiempo, y le pregunto: si este caso fuera hoy a un tribunal de justicia —a un juicio con jurado, obligado a tomar los hechos tal como razonablemente se presentan—, ¿dónde están sus pruebas?
Me vi obligado a esperar y a serenarme antes de poder responderle. Era la primera vez que la historia de Laura y la historia de Marian se me presentaban desde el punto de vista de un extraño; la primera vez que los terribles obstáculos que se interponían en nuestro camino se mostraban en su verdadera naturaleza.
—No cabe duda —dije—, de que los hechos, tal como los ha expuesto, parecen jugar en nuestra contra, pero...
—Pero usted cree que esos hechos pueden explicarse de otro modo —interpuso el señor Kyrle—. Permítame que le diga cuál es el resultado de mi experiencia en ese punto. Cuando un jurado inglés tiene que elegir entre un hecho evidente en la superficie y una larga explicación bajo la superficie, siempre prefiere el hecho a la explicación. Por ejemplo, lady Glyde (a efectos dialécticos, llamo con ese nombre a la señora que usted representa) declara que ha dormido en cierta casa, y se prueba que no ha dormido en esa casa. Usted explica esta circunstancia aduciendo su estado mental y deduciendo de él una conclusión metafísica. No digo que la conclusión sea errónea; solo digo que el