para refrescar mi memoria sobre tus asuntos —hace ya un tiempo que los hablé contigo—, el dinero se ha conseguido, a falta de la firma de tu esposa, mediante letras a tres meses, ¡conseguido a un costo que hace que se me pongan de punta los pelos de mi extranjero y empobrecido cráneo! Cuando venzan las letras, ¿no hay de verdad, verdaderamente, ninguna forma terrenal de pagarlas que no sea con la ayuda de tu esposa? —Ninguna. —¿Cómo? ¿No tienes dinero en los bancos? —Unos cientos, cuando necesito otros tantos miles. —¿No tienes ninguna otra garantía sobre la que pedir un préstamo? —Ni un jirón. —¿Qué tienes realmente con tu esposa en este momento? —Nada más que los intereses de sus veinte mil libras; apenas lo suficiente para pagar nuestros gastos diarios. —¿Qué esperas de tu esposa? —Tres mil al año cuando muera su tío. —Una buena fortuna, Percival. ¿Qué clase de hombre es este tío? ¿Viejo? —No, ni viejo ni joven. —¿Un hombre de buen carácter, que vive con desahogo? ¿Casado? No, creo que mi esposa me dijo que no estaba casado. —Claro que no. Si estuviera casado y tuviera un hijo, Lady Glyde no sería la siguiente heredera de la propiedad. Te diré cómo es. Es un imbécil sensiblero, charlatán y egoísta que agobia a todo el que se le acerca hablándole del estado de su salud. —Los hombres de esa clase, Percival, viven mucho y se casan con mala uva cuando menos te lo esperas. No apuesto mucho, amigo mío, por tus probabilidades de alcanzar las tres mil libras al año. ¿No hay nada más
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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