consternado y asombrado, y que no podía arrojar luz alguna sobre las misteriosas circunstancias del caso. A intervalos durante la investigación aplazada, sugirió preguntas que el juez de instrucción formuló, pero que no condujeron a ningún resultado. Tras una paciente investigación, que duró casi tres horas y agotó todas las fuentes de información disponibles, el jurado dictó el veredicto habitual en los casos de muerte súbita por accidente. Añadieron a la decisión formal la declaración de que no había habido pruebas que demostrasen cómo se habían sustraído las llaves, cómo se había originado el fuego o cuál era el propósito por el cual el difunto había entrado en la sacristía. Este acto dio por concluidas las diligencias. Al representante legal del difunto se le dejó la tarea de proveer lo necesario para el sepelio, y los testigos quedaron en libertad de retirarse.
Resuelto a no perder un minuto en llegar a Knowlesbury, pagué mi cuenta en el hotel y alquilé un carruaje para que me llevara al pueblo.