idea de mencionarla. Baste decir que el señor Fairlie declaró, en los términos más categóricos, que no reconocía a la mujer que habían llevado a su habitación —que no veía nada en su rostro ni en sus modales que le hiciera dudar ni por un momento de que su sobrina yacía enterrada en el cementerio de Limmeridge—, y que apelaría a la ley para que lo protegiera si antes de que terminara el día ella no era expulsada de la casa.
Tomando el peor punto de vista posible sobre el egoísmo, la indolencia y la habitual falta de sensibilidad del señor Fairlie, era manifiestamente imposible suponer que fuera capaz de una infamia tal como reconocer en secreto y repudiar abiertamente a la hija de su hermano.
Con humanidad y sensatez, la señorita Halcombe concedió toda la importancia debida a la influencia de los prejuicios y el miedo para impedirle usar debidamente sus facultades perceptivas, y explicó lo sucedido de esa manera.
Pero cuando a continuación puso a prueba a los sirvientes y descubrió que también ellos dudaban, por decirlo suavemente, en cada caso, de si la dama que se les presentaba era su joven ama o Anne Catherick —de cuyo parecido con ella todos habían oído hablar—, la triste conclusión fue inevitable: el cambio producido en el rostro y los modales de lady Glyde por su reencierro en el asilo era mucho más grave de lo que la señorita Halcombe había supuestos al principio.
El vil engaño que había afirmado su muerte desafiaba cualquier intento de revelarlo, incluso en la casa donde había nacido y entre la gente con la que había vivido.
En una situación menos crítica, el esfuerzo aún no habría tenido que darse por perdido.
Por ejemplo, se esperaba que la criada, Fanny, que por entonces se encontraba ausente de Limmeridge, regresara en dos días, y habría una