fáciles y felices posible. Pero no haré nada a ciegas de lo que, algún día, podamos tener motivos para avergonzarnos. No hablemos más del asunto por ahora. Tienes el sombrero puesto; ¿qué tal si vamos a pasar la tarde soñando despiertas por los jardines? Al salir de la casa dirigimos nuestros pasos hacia la sombra más cercana. Al pasar por un espacio abierto entre los árboles frente a la casa, allí estaba el conde Fosco, paseando lentamente de un lado a otro sobre la hierba, tomando el sol en el pleno fulgor de la calurosa tarde de junio. Llevaba un sombrero de paja de ala ancha con una cinta de color violeta alrededor. Una blusa azul, con profusos adornos blancos de fantasía sobre el pecho, cubría su prodigioso cuerpo, ceñida alrededor del lugar donde antaño debió de estar su cintura con un ancho cinturón de cuero escarlata. Unos pantalones de mahón, que dejaban ver más adornos blancos de fantasía sobre los tobillos, y unas zapatillas de charol morado adornaban sus extremidades inferiores. Iba cantando la famosa aria de Fígaro de El barbero de Sevilla , con esa vocalización nítida y fluida que no se escucha en ninguna otra garganta que no sea italiana, acompañándose con la concertina, que tocaba con arrobadores lanzamientos de brazos y elegantes giros y vueltas de cabeza, como un gordo san Cecilia disfrazado de hombre. «¡Figaro qua! ¡Figaro là! ¡Figaro su! ¡Figaro giu!», cantaba el conde, arrojando alegremente la concertina con el brazo estirado y saludándonos, a un lado del instrumento, con la airosa gracia y elegancia de un Fígaro de veinte años. —Créeme, Laura,
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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