de tez morena oscura o criolla y ojos claros, grises y avizores. Tampoco mencionaré, por las razones recién aludidas, que encontré su vestido, aunque era de la más sencilla seda negra, inapropiadamente costoso en su textura y innecesariamente refinado en los adornos y los acabados para una persona de su posición en la vida. No me gustaría que se dijeras estas cosas de mí, y por lo tanto es mi deber no decirlas de la señora Rubelle. Me limitaré a mencionar que sus modales no eran quizás desagradablemente reservados, sino solo notablemente tranquilos y discretos; que miraba mucho a su alrededor y decía muy poco, lo cual podría haber surgido tanto de su propia modestia como de la desconfianza hacia su posición en Blackwater Park; y que se negó a tomar la cena (lo cual quizás resulte curioso, ¿pero acaso sospechoso?), a pesar de que yo misma la invité cortésmente a dicha comida en mi propia habitación.
A sugerencia expresa del Conde (¡tan propia de la indulgente bondad de su señoría!), se dispuso que la señora Rubelle no asumiera sus funciones hasta que el médico la hubiera visto y aprobado a la mañana siguiente.
Me quedé levantada aquella noche. A Lady Glyde pareció disgustarle mucho que se empleara a la nueva enfermera para cuidar a la señorita Halcombe. Tal falta de generosidad hacia una extranjera por parte de una dama de su educación y refinamiento me sorprendió.
Me atreví a decir: —Mi señora, todas debemos recordar no ser precipitadas en nuestros juicios sobre nuestros inferiores, especialmente cuando vienen de tierras extranjeras.
Lady Glyde no pareció prestarme atención. Se limitó a suspirar y a besar la mano de la señorita Halcombe, tal como reposaba sobre la colcha. Un procedimiento apenas sensato en una habitación de enferma, con una paciente a quien era muy conveniente no excusar. Pero la pobre Lady Glyde no sabía nada de enfermería; absolutamente nada, siento decirlo.