—Para decirle que espere su llegada en el tren del mediodía —dijo sir Percival—. Él irá a recibirla a la estación cuando llegue a Londres, y la llevará a pasar la noche a casa de su tía, en St. John’s Wood.
La mano de lady Glyde comenzó a temblar violentamente alrededor de mi brazo; no lograba imaginar por qué.
—No hay necesidad de que el conde Fosco se reúna conmigo —dijo—. Preferiría no quedarme en Londres a dormir.
—Tienes que hacerlo. No puedes hacer todo el viaje a Cumberland en un solo día. Debes descansar una noche en Londres, y no quiero que vayas sola a un hotel. Fosco le propuso a tu tío hospedarte durante la escala, y tu tío ha aceptado. ¡Toma! Aquí tienes una carta de él dirigida a ti. Debí habértela enviado esta mañana, pero se me olvidó. Léevela y mira lo que el propio señor Fairlie te dice.
Lady Glyde miró la carta un momento y luego la puso en mis manos.
—Léela —dijo con voz débil—. No sé qué me pasa. No puedo leerla yo misma.
Era una nota de cuatro líneas nada más; tan breve y tan descuidada que me llamó mucho la atención. Si mal no recuerdo, no contenía más que estas palabras—
“ Querida Laura: Ven cuando gustes. Parte el viaje durmiendo en casa de tu tía. Afligido al saber de la enfermedad de la querida Marian. Tuyo afectísimo, Frederick Fairlie ”.
—Preferiría no ir allí; preferiría no pasar una noche en Londres —dijo su señoría, prorrumpiendo ansiosamente en esas palabras antes de que yo hubiera acabado de leer la nota, corta como era.