de corazón como yo le perdono a
Su rostro se puso de una blancura espantosa por completo, y grandes gotas de sudor brotaron en su frente calvo.
«Volveré», dijo, y se encaminó hacia la puerta, tan apresuradamente como si las palabras de despedida de su esposa lo hubieran ahuyentado de la habitación.
Nunca me había gustado sir Percival, pero la manera en que abandonó a lady Glyde me hizo sentir vergüenza de haber comido su pan y vivido a su servicio. Pensé en decirle algunas palabras consoladoras y cristianas a la pobre señora, pero había algo en su rostro, mientras miraba a su esposo cuando la puerta se cerró tras él, que me hizo cambiar de opinión y guardar silencio.
A la hora señalada, el carruaje se detuvo ante las verjas. Su señoría tenía razón: sir Percival nunca regresó. Le esperé hasta el último momento, y esperé en vano.
No pesaba sobre mis espaldas ninguna responsabilidad positiva, y sin embargo mi conciencia no estaba tranquila.
«Es por su propia voluntad», dije, mientras el carruaje cruzaba las puertas de la casa de la guarda, «que su señoría va a Londres».
—Iré a donde sea —respondió—, para poner fin a la terrible zozobra que sufro en este momento.
Me había hecho sentir casi tan ansiosa e insegura acerca de la señorita Halcombe como se sentía ella misma. Me atreví a pedirle que me escribiera unas líneas, si todo iba bien en Londres. Ella contestó: «Con muchísimo gusto, señora Michelson».