vez en mi vida, y pedírselo al hombre al que menos deseo deberle una obligación seria de cualquier tipo. ¡Bien! Creo que podría hacer incluso más que eso,
2.º—Al mirar atrás, me doy cuenta de que siempre me refiero a Sir Percival en términos despectivos. En el giro que han tomado ahora las circunstancias, debo erradicar y erradicaré mi prejuicio contra él. No logro entender cómo se me metió en la cabeza la primera vez. Desde luego, jamás existió en tiempos pasados.
¿Es la reticencia de Laura a convertirse en su esposa lo que me ha vuelto en su contra? ¿Me habrán contagiado los prejuicios perfectamente comprensibles de Hartright sin que sospeche de su influencia? ¿Acaso aquella carta de Anne Catherick sigue dejando una desconfianza agazapada en mi mente, a pesar de la explicación de Sir Percival y de la prueba que poseo de su veracidad? No puedo dar cuenta del estado de mis propios sentimientos; de lo único que estoy segura es de que es mi deber—un doble deber ahora—no cometer la injusticia de desconfiar de Sir Percival. Si se ha convertido en un hábito por mi parte escribir siempre sobre él de ese modo desfavorable, debo acabar y acabaré con esta tendencia indigna, ¡aunque el esfuerzo me obligue a cerrar las páginas de mi diario hasta que la boda haya pasado! Estoy seriamente disgustada conmigo misma; hoy no escribiré más.
16 de diciembre.—Ha pasado una quincena entera y no he abierto estas páginas ni una sola vez. Hace suficiente tiempo que me alejé de mi diario como para volver a él con un espíritu más sano y mejor, eso espero, en lo que respecta a sir