los que pueden hacer dos hombres, pero, por supuesto, hemos guardado nuestros secretos el uno del otro, ¿verdad? —Tú has guardado un secreto de mí, Percival. Tienes un esqueleto en el armario aquí, en Blackwater Park, que en estos últimos días se ha asomado a los ojos de otra gente además de los tuyos. —Bueno, supongamos que sí. Si a ti no te concierne, no tienes por qué sentir curiosidad, ¿o sí? —¿Te parezco curioso al respecto? —Sí, lo pareces. —¡Vaya, vaya! ¿Mi rostro dice la verdad entonces? ¡Qué inmenso cimiento de bondad debe de haber en la naturaleza de un hombre que llega a mi edad y cuyo rostro aún no ha perdido la costumbre de decir la verdad! ¡Vamos, Glyde! Seamos sinceros el uno con el otro. Este secreto tuyo me ha buscado a mí; yo no lo he buscado a él. Supongamos que tengo curiosidad: ¿me pides, como viejo amigo tuyo, que respete tu secreto y lo deje, de una vez por todas, bajo tu sola custodia? —Sí, eso es exactamente lo que te pido. —Entonces mi curiosidad ha terminado. Muere en mí a partir de este momento. —¿Hablas en serio? —¿Qué te hace dudar de mí? —Tengo cierta experiencia, Fosco, de tus rodeos, y no estoy tan seguro de que no vayas a sacármelo con tretas al final. La silla de abajo volvió a crujir de repente; sentí temblar el pilar del enrejado bajo mis pies de arriba abajo. El conde se había puesto de pie de un salto y lo había golpeado con la mano indignado. —¡Percival! ¡Percival! —exclamó con pasión—. ¿Acaso me
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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