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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. Continuación de la historia por Walter Hartright

Cuando vine a este país, vine por orden de mi jefe. Fui demasiado imprudente en mi juventud; corrí el riesgo de comprometerme a mí mismo y a los demás. Por esas razones se me ordenó emigrar a Inglaterra y esperar. Emigré, he esperado, sigo esperando. Mañana es posible que me llamen; dentro de diez años es posible que me llamen. Me da lo mismo: estoy aquí, me mantengo dando clases y espero. No violo ningún juramento (dentro de poco oirás por qué) al completarte mi confidencia diciéndote el nombre de la sociedad a la que pertenezco. Lo único que hago es poner mi vida en tus manos. Si lo que te digo ahora llega a saberse por otros que ha salido de mis labios, tan cierto como que los dos estamos aquí sentados, soy un hombre muerto.

Me susurró al oído las siguientes palabras. Guardo el secreto que así me comunicó. La sociedad a la que pertenecía quedará suficientemente caracterizada para los fines de estas páginas si la llamo «La Hermandad», en las pocas ocasiones en que sea necesario hacer alguna referencia al tema en este lugar.

—El objetivo de la Hermandad —prosiguió Pesca— es, en resumen, el objetivo de otras sociedades políticas de la misma índole: la destrucción de la tiranía y la defensa de los derechos del pueblo. Los principios de la Hermandad son dos. Mientras la vida de un hombre sea útil, o incluso meramente inofensiva, tiene derecho a disfrutarla. Pero si su vida causa daño al bienestar de sus semejantes, a partir de ese momento pierde tal derecho, y no solo no constituye ningún delito, sino un mérito positivo, privarle de él. No me corresponde a mí decir en qué terribles circunstancias de opresión y sufrimiento surgió esta sociedad. No os corresponde a vosotros decir —vosotros, los ingleses, que conquistasteis vuestra libertad hace tanto tiempo, que habéis olvidado convenientemente cuánta sangre derramasteis y a qué extremos llegasteis para conquistarla—, no os corresponde a vosotros decir hasta qué punto el peor de los agravios puede o no llevar a los hombres enloquecidos de una nación esclavizada. El hierro que se ha clavado en nuestras almas está demasiado hondo para que podáis encontrarlo. ¡Dejad en paz al

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