terrible silencio. Alcé la vista, a lo largo de la tela, y allí al final, rígido, sombrío y negro, bajo la luz amarillenta —allí estaba su rostro muerto.
Así, por primera y última vez, lo vi.
Así dispuso la Visitación de Dios que él y yo nos encontráramos.
XI
La instrucción se apresuró por ciertas razones locales que pesaron en el forense y en las autoridades municipales. Se celebró en la tarde del día siguiente. Yo fui necesariamente uno de los testigos convocados para contribuir a los objetivos de la investigación.
Mi primera gestión por la mañana fue ir a la oficina de correos y preguntar por la carta que esperaba de Marian. Ningún cambio de circunstancias, por extraordinario que fuera, podía alterar la gran y única inquietud que pesaba en mi mente mientras estuve lejos de Londres. La carta de la mañana, que era la única garantía que podía recibir de que no había ocurrido ninguna desgracia en mi ausencia, seguía siendo el interés absorbente con el que comenzaba mi día.
Para mi alivio, la carta de Marian estaba en la oficina esperándome.
No había sucedido nada; ambas estaban tan a salvo y tan bien como cuando las había dejado. Laura me mandaba saludos y me suplicaba que le avisara de mi regreso con un día de antelación. Su hermana añadía, a modo de explicación de este recado, que había ahorrado «cerca de una libra» de su propio monedero privado y que había reivindicado el privilegio de encargar y ofrecer la cena que iba a celebrar el día de mi regreso. Leí estas pequeñas confidencias domésticas en aquella luminosa mañana, con el terrible recuerdo de lo ocurrido la noche anterior muy vivo en la memoria. La necesidad de evitar a Laura cualquier conocimiento repentino de la verdad fue la primera consideración que la