—He estudiado muchas materias en mi tiempo —observó esta persona comprensiva.
«Entre otras, el inexorable tema de los nervios. ¿Puedo hacerle una sugerencia, a la vez la más sencilla y la más profunda? ¿Me permite cambiar la luz de su habitación?».
“Por supuesto —si es tan amable de no dejar entrar nada de eso sobre mí”.
Caminó hacia la ventana.
¡Qué contraste con la querida Marian! ¡Tan extremadamente considerado en todos sus movimientos!
—La luz —dijo, con ese tono deliciosamente confidencial que resulta tan reconfortante para un enfermo—, es lo primero y fundamental. La luz estimula, alimenta, preserva. Usted no puede prescindir de ella, señor Fairlie, como si fuera una flor.
Observe. Aquí, donde usted se sienta, cierro los contraventores para sosegarlo. Allá, donde usted no se sienta, levanto la persiana y dejo entrar el sol vigorizante.
Admite la luz en su habitación si no puede soportarla sobre su persona. La luz, señor, es el gran decreto de la Providencia. Usted acepta a la Providencia con sus propias restricciones. Acepte la luz bajo las mismas condiciones.
Me pareció muy convincente y atento. Me la había dado con queso hasta ese momento con lo de la luz, desde luego me la había dado con queso.
—Me ve usted confuso —dijo, volviendo a su sitio—; se lo doy por mi palabra de honor, señor Fairlie, me ve usted confuso en su presencia.
“Sorprendido de oírlo, estoy seguro. ¿Puedo preguntar por qué?”