el lago anoche? —dijo—. ¿Me oíste seguirte en el bosque? He estado esperando días enteros para hablar contigo a solas; he dejado a la única amiga que tengo en el mundo, preocupada y asustada por mí; me he arriesgado a ser encerrada otra vez en el manicomio... y todo por ti, señorita Fairlie, todo por ti”. Sus palabras me alarmaron, Marian, y sin embargo había algo en su forma de hablar que me hizo apiadarme de ella con todo mi corazón. Estoy segura de que mi compasión debió de ser sincera, pues me dio la valentía suficiente para pedirle a la pobre criatura que entrara y se sentara en el cobertizo, a mi lado. —¿Lo hizo? —No. Movió la cabeza y me dijo que tenía que quedarse donde estaba, para vigilar y escuchar, y asegurarse de que ninguna tercera persona nos sorprendiera. Y de principio a fin, allí esperó en la entrada, con una mano a cada lado de esta, inclinándose a veces de repente para hablarme, otras retirándose de golpe para mirar a su alrededor. “Estuve aquí ayer —dijo—, antes de que oscureciera, y te oí a ti y a la señora que te acompañaba hablar juntas. Te oí hablarle de tu esposo. Te oí decir que no tenías influencia para hacer que te creyera y ninguna influencia para obligarle a callar. ¡Ah! Yo sabía lo que esas palabras significaban; mi conciencia me lo dijo mientras escuchaba. ¡Por qué permití jamás que te casaras con él! ¡Oh, mi miedo...! ¡Mi miedo loco, miserable y malvado!”. Se cubrió la cara con su pobre chal gastado y gimió y
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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