una conclusión a la que me extrañaba no haber llegado antes. Me dije entonces —lo que Laura le había dicho una vez a Marian en Blackwater Park, lo que la señora Fosco había oído escuchando tras la puerta—: ¡El Conde es un espía!
Laura había empleado la palabra a la ligera, presa de la natural indignación que le habían causado sus manejos con ella. Yo se la apliqué con la firme convicción de que su oficio en la vida era el de espía. Partiendo de este supuesto, el motivo de su prolongada e insólita estancia en Inglaterra, tanto tiempo después de haberse alcanzado los objetivos de la conspiración, cobraba perfecto sentido para mí.
El año sobre el cual escribo ahora fue el año de la famosa Exposición del Palacio de Cristal en Hyde Park.
Habían llegado ya a Inglaterra extranjeros en un número inusualmente grande, y seguían llegando. Había entre nosotros cientos de hombres a quienes la desconfianza incesante de sus gobiernos había seguido en secreto, por medio de agentes designados, hasta nuestras costas.
Mis conjeturas no catalogaban ni por un momento a un hombre de las capacidades y la posición social del Conde entre la tropa común y corriente de los espías extranjeros. Sospechaba que ocupaba una posición de autoridad, que el gobierno al que servía en secreto le había confiado la organización y gestión de agentes empleados especialmente en este país, tanto hombres como mujeres, y creía que la señora Rubelle, a quien se había hallado tan oportunamente para actuar como enfermera en Blackwater Park, era, con toda probabilidad, uno de ellos.
Suponiendo que esta idea mía tuviera un fundamento de verdad, la posición del Conde podía resultar más vulnerable de lo que hasta entonces me había atrevido a esperar. ¿A quién podía acudir para saber algo más de la historia de aquel hombre y del hombre mismo de lo que sabía ahora?