coche inmediatamente y me dio la carta. La abrí de golpe y leí estas líneas. Las copio aquí, pues considero mejor destruir el original por precaución. Leí esta carta, amable y sensata, con muchísima gratitud. Le proporcionaba a Laura un motivo irrefutable para oponerse a la firma, uno que ambas podíamos comprender. El mensajero esperó cerca de mí mientras leía para recibir sus instrucciones al terminar. —¿Sería tan amable de decir que he comprendido la carta y que se lo agradezco muchísimo? —le dije—. De momento no es necesaria ninguna otra respuesta. Exactamente en el momento en que pronunciaba esas palabras, con la carta abierta en la mano, el conde Fosco dobló la esquina del camino que venía de la carretera principal y se plantó ante mí como si hubiera brotado de la tierra. La repentina aparición de este, en el último lugar del mundo en el que hubiera esperado verlo, me cogió completamente por sorpresa. El mensajero me dio los buenos días y volvió a subir al coche de alquiler. No pude decirle una sola palabra; ni siquiera fui capaz de devolverle la inclinación de cabeza. La convicción de que me habían descubierto —y precisamente ese hombre, entre todos— me petrificó por completo. —¿Va de regreso a la casa, señorita Halcombe? —inquirió, sin mostrar la menor sorpresa por su parte y sin siquiera mirar el coche de alquiler, que se alejaba mientras me hablaba. Me recobré lo suficiente como para hacer una señal afirmativa. —Yo también regreso —dijo—. Le ruego que me permita el placer de acompañarla. ¿Me toma del brazo? ¡Parece sorprendida de verme! Le tomé
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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