y sabía algo de Fulham, porque una vez había estado en un colegio allí. Envié a un mensajero con una nota, por si acaso el colegio todavía existía. Existía; las hijas de mi antigua directora lo llevaban en su nombre, y alquilaron este lugar siguiendo las instrucciones que les había enviado. Era justamente la hora del correo cuando el mensajero regresó a mí con la dirección de la casa. Nos mudamos después anochecer; llegamos aquí sin ser vistos en absoluto. ¿He hecho bien, Walter? ¿He justificado la confianza que pusiste en mí?”.
Le contesté con afecto y gratitud, tal como lo sentía. Pero la expresión de preocupación seguía reflejada en su rostro mientras le hablaba, y la primera pregunta que me hizo, en cuanto hube terminado, se refería al conde Fosco.
Vi que ahora estaba pensando en él con otra mentalidad.
Ningún nuevo estallido de ira contra él, ninguna nueva súplica para que apresurara el día de la retribución se le escapó.
Su convicción de que la odiosa admiración que aquel hombre sentía por ella era realmente sincera, parecía haber incrementado por centuplicado su desconfianza hacia su insondable astucia, su temor innato a la malvada energía y vigilancia de todas sus facultades.
Su voz bajó de tono, sus maneras eran titubeantes, sus ojos escrutaron los míos con un miedo ávidamente ansioso cuando me preguntó qué pensaba de su recado y qué pensaba hacer a continuación tras haberlo oído.
“No han pasado muchas semanas, Marian —respondí—, desde mi entrevista con el señor Kyrle. Cuando él y yo nos despedimos, las últimas palabras que le dije sobre Laura fueron estas: > «La casa de su tío se abrirá para recibirla, en presencia de todas las almas que siguieron el falso funeral hasta