hecho me reconforta. Todas las gracias y la dulzura de su carácter—todo el afecto franco de su naturaleza—todos los encantos femeninos, dulces y sencillos, que solían hacer de ella la niña de mis ojos y la delicia de cuantos se acercaban a ella, han vuelto a mí con ella misma. De mis otras impresiones a veces me inclino un poco a dudar. De esta última, la mejor y la más feliz de todas las impresiones, me siento cada hora del día más y más segura. > > Permítaseme pasar ahora de ella a sus compañeros de viaje. Su marido debe acaparar mi atención en primer lugar. ¿Qué he observado en Sir Percival desde su regreso que mejore mi opinión sobre él? > > Apenas sabría decirlo. Pequeñas vexaciones y molestias parecen acosarle desde que volvió, y ningún hombre, en esas circunstancias, muestra nunca su mejor cara. Me parece que está más delgado que cuando salió de Inglaterra. Su fastidiosa tos y su incómoda inquietud han aumentado sin duda. Sus modales—al menos sus modales hacia mí—son mucho más bruscos que antes. Me saludó la noche de su regreso con poca o ninguna de la ceremonia y la cortesanía de antaño—sin palabras educadas de bienvenida—sin muestras de extraordinario agrado al verme—nada más que un seco apretón de manos y un cortante: «¿Qué tal, señorita Halcombe; me alegro de verla otra vez». Parecía aceptarme como uno de los accesorios necesarios de Blackwater Park, sentirse satisfecho al verme establecida en mi lugar correspondiente, y luego pasar de mí por completo. > > La mayoría de los hombres muestran en sus propias casas
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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