resto de mi entusiasmo al aire libre! > Entró a grandes zancadas en la galería, se metió las manos en los bolsillos y reanudó el «Recitativo de Moisés» sotto voce en el jardín. > Oí que Sir Percival lo llamaba desde la ventana del comedor. Pero él no hizo caso; parecía decidido a no oír. Aquella charla tranquila largamente pospuesta entre ambos seguía aplazándose, seguía a la espera de la absoluta voluntad y capricho del conde. > Me había retenido en el salón cerca de media hora desde el momento en que su esposa nos había dejado. ¿Dónde había estado y qué había hecho en ese intervalo? > Fui arriba para averiguarlo, pero no hice ningún descubrimiento, y cuando interrogué a Laura, comprobé que no había oído nada. Nadie la había molestado, no se había oído el más leve crujir del vestido de seda ni en la antesala ni en el pasillo. > Faltaban entonces veinte minutos para las nueve. Tras ir a mi habitación a buscar mi diario, regresé y me senté con Laura, unas veces escribiendo, otras deteniéndome a hablar con ella. Nadie se nos acercó y no ocurrió nada. Permanecimos juntas hasta las diez. Me levanté entonces, le dirigí mis últimas palabras de aliento y le di las buenas noches. Volvió a echar el cerrojo a su puerta después de que acordáramos que iría a verla a primera hora de la mañana. > Me quedaba por añadir unas pocas frases más a mi diario antes de acostarme yo misma, y al bajar de nuevo al salón tras dejar a Laura por última vez en aquel fatigado
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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