La única información que se pudo obtener de los habitantes de la casa provino de la criada que atendía a los inquilinos. Ella le había abierto la puerta a un muchacho de la calle que había dejado una carta para «la joven que vivía en el segundo piso» (la parte de la casa que ocupaba la señora Clements).
La criada había entregado la carta, luego había bajado y, cinco minutos después, había observado a Anne abrir la puerta principal y salir, con su sombrero y su chal puestos. Probablemente se había llevado la carta consigo, ya que no se la pudo encontrar, por lo que era imposible saber qué incentivo le habían ofrecido para hacerla salir de la casa.
Debía de ser fuerte, pues ella jamás salía sola por Londres por iniciativa propia. Si la señora Clements no lo hubiera sabido por experiencia, nada la habría inducido a marcharse en el carruaje, ni siquiera por un tiempo tan breve como el de media hora.
Tan pronto como pudo ordenar sus pensamientos, la primera idea que naturalmente se le ocurrió a la señora Clements fue ir a indagar al asilo, al que temía que hubieran vuelto a llevar a Anne.
Fue allí al día siguiente, tras haber sido informada por la propia Anne sobre la localidad en la que se encontraba la casa. La respuesta que recibió (habiendo sido hecha su gestión con toda probabilidad un día o dos antes de que la falsa Anne Catherick hubiera sido realmente confinada a buen recaudo en el asilo) fue que ninguna persona semejante había sido llevada de vuelta allí. Había escrito entonces a la señora Catherick en Welmingham para saber si había visto o sabido algo de su hija, y había recibido una respuesta negativa. Tras haberle llegado esa respuesta, se encontraba al límite de sus recursos, y totalmente ignorante de dónde más indagar o qué más hacer. Desde