ti si me niego otra vez. ¿Qué vamos a hacer? ¡Oh, si tuviéramos un amigo que nos ayudara y nos aconsejara; un amigo en quien pudiéramos confiar de verdad! Suspiró con amargura. Vi en su rostro que estaba pensando en Hartright; lo vi con mayor claridad porque sus últimas palabras me llevaron a pensar en él a mí también. A los seis meses escasos de su matrimonio necesitábamos el fiel servicio que nos había ofrecido en sus palabras de despedida. ¡Qué poco llegué a pensar jamás que íbamos a necesitarlo! —Debemos hacer lo que podamos para ayudarnos nosotras mismas —dije—. Intentemos hablarlo con calma, Laura; hagamos todo lo que esté en nuestra mano para decidir lo mejor. Uniendo lo que ella sabía de los apuros económicos de su marido y lo que yo había oído de su conversación con el abogado, llegamos necesariamente a la conclusión de que el pergamino de la biblioteca se había redactado con el propósito de pedir dinero prestado, y que la firma de Laura era absolutamente indispensable para adecuarlo a la consecución del objetivo de sir Percival. La segunda cuestión, relativa a la naturaleza del contrato legal mediante el cual se iba a obtener el dinero, y al grado de responsabilidad personal al que Laura podría someterse si lo firmaba a ciegas, implicaba consideraciones que escapaban por completo a cualquier conocimiento y experiencia que ambas poseyéramos. Mis propias convicciones me inclinaban a creer que el contenido oculto del pergamino encubría una transacción de la índole más mezquina y fraudulenta. No había llegado a esta conclusión a raíz de la negativa de sir Percival
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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