compañía, siendo esa tercera persona el hombre bajito de vestido negro al que había seguido hasta el ferrocarril la tarde anterior.
Los tres se quedaron conversando un rato y luego se separaron. El hombre de vestido negro se marchó solo hacia Welmingham; los otros dos se quedaron juntos, evidentemente esperando a que yo echara a andar para seguirme.
Continué mi camino sin dejar que aquellos tipos notasen que les prestaba especial atención.
No me causaron ninguna irritación consciente en aquel momento; al contrario, más bien avivaron mis esperanzas decaídas.
En la sorpresa de descubrir la prueba del matrimonio, había olvidado la deducción que había sacado al ver por primera vez a los hombres en las inmediaciones de la sacristía.
Su reaparición me recordó que Sir Percival se había adelantado a mi visita a la iglesia de Old Welmingham como consecuencia inminente de mi entrevista con la señora Catherick; de otro modo, jamás habría colocado a sus espías allí a esperarme.
Por muy inmaculadas y claras que parecieran las apariencias en la sacristía, había algo turbio bajo ellas; algo en el libro de registros, por lo que yo sabía, que aún no había descubierto.
X
Una vez fuera de la vista de la iglesia, avancé a paso ligero hacia Knowlesbury.
El camino era, en su mayor parte, recto y llano. Siempre que miraba hacia atrás, veía a los dos espías persiguiéndome con paso firme.