desconocido que pueda ser enviado desde el otro extremo del mundo para dar el golpe— o a manos de nuestro propio amigo del alma, que puede haber sido un miembro desconocido para nosotros durante todos los años de nuestra intimidad. A veces la muerte se demora —a veces sigue de cerca a la traición. Nuestra primera tarea es saber esperar —nuestra segunda tarea es saber obedecer cuando se da la orden. Algunos de nosotros podemos esperar durante toda nuestra vida y tal vez no seamos necesarios. Algunos podemos ser llamados para la obra, o para la preparación de la obra, el mismo día de nuestra admisión. Yo mismo —el hombre pequeño, complaciente y alegre que usted conoce, que, por propia voluntad, apenas levantaría su pañuelo para abatir a la mosca que zumba alrededor de su rostro—, yo, en mi juventud, bajo una provocación tan terrible que no se la voy a contar, entré en la Hermandad por un impulso, como me habría podido suicidar por un impulso. Debo permanecer en ella ahora —me ha
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I. Continuación de la historia por Walter Hartright
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